viernes, 24 de abril de 2009

La psicología detrás de la crisis financiera

Para explicar la crisis económica actual, el mundo de las finanzas dispone de un léxico particular, del cual forman parte, por ejemplo, los credit default swaps (instrumentos que protegen el acreedor contra el impago), mark to market (ajuste al mercado) y titularización de hipotecas subprime. Los psicólogos, por su parte, suelen recurrir a términos diferentes: esperanza, avaricia y miedo.
El lenguaje de la psicología ayuda a lidiar con el hecho de que tras las estadísticas puras y simples de la caída de los precios de la vivienda y otros indicadores del declive económico existe una masa de gente cuya composición cambia continuamente: propietarios de casas, banqueros, empresarios e inversores poco informados. Se trata, en definitiva, de personas. Y las personas, en general, no suelen prestar atención a los modelos económicos detallados, por lo que hacen cosas irracionales, que no responden a sus mejores intereses y que no están justificados por los números, sino por la emoción.
“Hay hojas de cálculo, estados contables, modelos, reglas y normativas”, señaló Carolyn Marvin, profesora de la Escuela Annenberg de Comunicación de la Universidad de Pensilvania. “Por otro lado, trabajamos también con percepciones de otra naturaleza”.
Se puede decir que la emoción no sólo ha ayudado a empujar a EEUU a la crisis económica actual, sino que también puede estar ayudando a mantener al país en crisis. En un reciente congreso titulado “Crisis de confianza: la recesión y la economía del miedo”, patrocinado por el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Pensilvania y por el Centro Psicoanalítico de Filadelfia, un panel interdisciplinario evaluó la psicología que hay detrás del escenario económico actual.
“¿Habría una forma sistemática de reflexionar acerca de nuestros sentimientos cuando se trata de economía?”, se preguntó Marvin, moderadora del panel. La palabra “confianza” admite dos aspectos: optimismo e ilusión. ¿Hay una matriz psicológica en el vocabulario económico? “Los poderes constituidos han evitado hablar de depresión”, dijo Marvin, “un término que describe no sólo el estado actual del mercado, sino también un problema clínico”.
Hay factores psicológicos que actúan detrás de la crisis, fue la conclusión unánime del panel, aunque cada uno de esos factores dé prioridad a un elemento diferente: codicia y exceso de optimismo tras de la burbuja inmobiliaria, ausencia de autocontrol por parte de los consumidores asfixiados en deudas, sentimiento de conmoción y traición por parte de los americanos que pensaban estar haciendo inversiones seguras, pero que se ven ahora frente a un futuro amenazador e incierto.
“Un caso de avaricia”
Al igual que en otras crisis ocurridas a lo largo de la historia, la crisis económica actual comenzó con una burbuja, explica Richard Herring, profesor de Finanzas de Wharton. “Las burbujas suelen tener lugar cuando las personas quieren comprar alguna cosa simplemente porque creen que podrán venderla a un precio mayor. Toda burbuja viene acompañada de un punto de avaricia”.
Las burbujas de bienes inmuebles no son una novedad, dijo Herring, que presentó a continuación un gráfico con precios de inmuebles residenciales a lo largo de 400 años en Herengracht, un área del canal en el centro de Amsterdam. A través de los siglos, los precios de las casas aumentaron anualmente solo un 0,2% de media, “pero, entre un periodo y otro, hubo aumentos del 100% y caídas del 50%. La volatilidad era enorme”.
En el mercado inmobiliario, hay periodos buenos y malos a lo largo de ciclos muy largos, de media, cada 20 años. En consecuencia, cuando los precios de la vivienda caen, pocos se acuerdan de que eso ya ha ocurrido antes. Ése ha sido el caso en la crisis reciente, ya que los precios de las casas subieron sólo entre 1975 y 2006. De acuerdo con Herring, los mercados de bienes inmuebles son muy sensibles a los picos buenos y malos por su propia naturaleza: no existe en el sector un órgano centralizador de informaciones sobre precios. Los costes de las transacciones son altos y las negociaciones son poco frecuentes. Además de eso, el stock de propiedades es relativamente fijo en el corto plazo. Como los ciclos duran décadas, es difícil decir cuánto valdría una propiedad a largo plazo. “No sabemos, de hecho, cuál debería ser el precio, por lo tanto, es siempre difícil decir si estamos ante una burbuja o si está habiendo una simple mejora de los fundamentos de la economía”.
Los altos y bajos en el sector de la vivienda “están casi siempre asociados al desempeño del sistema bancario”, añadió Herring. “Cuando sucede algo bueno en la economía, los precios de los bienes inmuebles tienden a aumentar, y los bancos tienden a apoyar ese movimiento, porque hoy en día las personas tienen garantías”. El optimismo que rodea al aumento de los precios alimenta las ilusiones, y como un número cada vez mayor de inversores principiantes llega al mercado, los precios y el entusiasmo aumentan en la misma proporción. “Se entra en una espiral ascendente que puede llevar al individuo hacia un viaje muy largo durante mucho tiempo. Tal vez esté preguntándose qué papel juegan los supervisores y los órganos reguladores en medio de todo eso. Con frecuencia, suelen apoyar esta situación, porque les gustan los préstamos garantizados por bienes inmuebles, ya que se trata de bienes tangibles”.
Podemos llamar a esa situación “falacia de la tangibilidad equivocada”, comentó Herring al mostrar la diapositiva de un rascacielos inacabado tras un reciente periodo de prosperidad seguido de colapso en Tailandia. “Sin embargo”, añadió, “sería más correcto si nos refiriéramos a esa situación como falacia del hormigón equivocado”. Una vez más, la emoción desempeña un papel significativo en ese ciclo. Las personas sufren de “miopía del desastre”, bien porque no consiguen simplemente imaginar la posibilidad de un colapso económico, o porque creen que la probabilidad de que eso suceda es tan pequeña que no vale la pena preocuparse, dijo Herring.
Continuo aumento del precio de vivienda
“Creo que estamos de acuerdo en el hecho de que el exceso de optimismo tal vez sea en buena parte responsable de la confusión en la que nos metimos”, dijo Jeremy Tobacman, profesor de Negocios y Políticas públicas de Wharton. “Hubo un optimismo creciente respecto a los precios de las viviendas”.
Tobacman citó una investigación de la Case and Shiller, de 2003, sobre el comportamiento de los propietarios de viviendas en cuatro grandes mercados: Boston, Milwaukee, Los Ángeles y San Francisco. En todos esos mercados, más del 80% de los dueños investigados dijeron que, en su opinión, los precios de las casas subirían en el transcurrir de los siguientes años. Cuando les preguntaron cuánto esperaban que los precios subieran los próximos meses, las respuestas variaron, de media, del 7,2%, en Boston, a un 10,5% en Los Ángeles.
“Más sorprendentes aún que las cifras anuales son los números relativos a décadas”, dijo Tobacman. Ante la pregunta: “Con relación a los próximos diez años, ¿cuánto, de media, espera que su inmueble se revalorice anualmente?”, los propietarios de Milwaukee dijeron que esperaban que los precios aumentaran en torno a un 11,7%. En San Francisco, el retorno esperado era del 15,7%.
En general, las personas hacen malas elecciones económicas porque tienen un optimismo exagerado respecto a lo que harán en el futuro, dijo Tobacman. Ellas transfieren, por ejemplo, el saldo de la tarjeta de crédito a tarjetas con tasas de intereses elevados y de largo plazo porque creen que conseguirán pagar todo antes de que expire el plazo de las tasas iniciales más bajas. (La mayoría no lo consigue). Los prestatarios que dejan de pagar los préstamos hechos, generalmente pagan intereses que llegan a un 90% del montante principal del préstamo antes de desistir finalmente y dejar de pagar.
Un estudio hecho en un gimnasio constató que las personas que se ejercitaban cuatro veces al mes, de media, optaron por pagar una cuota de 85 dólares, aunque el gimnasio ofreciera también una cuota de 10 dólares cada vez que se utilizaran sus instalaciones. “Cuando preguntamos a las personas qué piensan hacer, detectamos un rechazo radical en aceptar la realidad”, dijo Tobacman. “Hay una miopía deliberada que nos impide considerar la posibilidad de obtener resultados indeseados”.
En la reciente burbuja, tanto los compradores como los acreedores se comportaron de una manera extremadamente optimista en relación al futuro. Los compradores ignoraron la posibilidad de que tal vez no fueran capaces de mantenerse al día con los pagos porque asumieron que los precios de las casas subirían y ellos conseguirían venderlas o refinanciarlas. Los acreedores, de igual modo, ignoraron la posibilidad de impago porque los precios cada vez más elevados de los inmuebles residenciales habían facilitado la eliminación de préstamos de amortización dudosa de sus libros. Tobacman citó una frase de John Kenneth Galbraith en The great crash, en que el autor narra los eventos que desembocaron en La Gran Depresión: “Los banqueros fueron también fuente de incentivo para aquellos que querían creer en la permanencia del boom. Muchos de ellos abandonaron su papel histórico de guardianes del pesimismo fiscal de la nación y gozaron de un breve intervalo de optimismo”.
Tobacman añadió: “La cuestión es la siguiente: ¿cuándo, exactamente, ese ímpetu poderoso de creer en un futuro de color de rosa es corregido por el mercado y cuándo está fuera de control?”
La explosión de la deuda del consumidor que está detrás de la crisis es también una cuestión de autocontrol, observó Angela Lee Duckworth, de la Universidad de Pensilvania. “Aplazar la gratificación es un problema perenne para el ser humano. Todos luchamos, desde niños hasta la vejez, incluso los más sabios, con el problema del autocontrol”.
Duckworth definió el autocontrol como la habilidad de negociar una situación en la que hay dos elecciones, siendo una de ellas obviamente superior. La otra elección, sin embargo, es más tentadora. Una persona a dieta, por ejemplo, ante de un pastel de chocolate sabe que es mejor no comerlo, pero lo come. En el caso de la burbuja inmobiliaria, los compradores de viviendas no fueron capaces de recurrir al autocontrol en el momento en que decidieron comprar casas mayores cuyos precios no estaban a su alcance. Los acreedores dejaron de ejercer el autocontrol cuando decidieron costear hipotecas dudosas a cambio de ingresos bancarios de corto plazo.
Durante años, los americanos ahorraron poco y consumieron mucho, dijo Duckworth. La profesora llamó la atención sobre la conclusión de un editorial reciente de The Wall Street Journal escrito por Steven Gjerstand, investigador asociado de la Universidad Chapman, y Vernon L. Smith, profesor de Economía de la Universidad Chapman y ganador del Premio Nobel de 2002: “Una crisis financiera con origen en la deuda del consumidor, sobre todo tratándose de una deuda con un mayor peso en la parte más modesta de la distribución de riqueza y de renta, repercute rápidamente y con gran impacto en el sistema financiero. Parece que estamos asistiendo al segundo gran colapso de la deuda del consumidor, el fin de un atracón inmenso de consumo”, decía el editorial.
Duckworth añadió: “Parece que mi padre tenía razón cuando, en torno a la mesa a la hora de cenar, decía que ‘los americanos estaban viviendo más allá de sus posibilidades. Creo que era eso. Creo que, en parte, eso se debe al hecho de que todos los seres humanos desean vivir de esa manera”.
El autocontrol es una actitud que cambia drásticamente con el paso del tiempo, según explica Duckworth. Esto ocurre porque el córtex prefrontal, el área del cerebro que permite a los seres humanos controlar los impulsos y aplazar el placer, madura más despacio que otras partes del cerebro. “Las regiones subcorticales y el tronco cerebral ya comienzan a funcionar, aunque no totalmente, al nacer, o poquísimo tiempo después de eso [...] Por lo tanto, la emoción y el impulso en esas áreas entran en funcionamiento inmediatamente y a todo ritmo”, dijo. Pero, el córtex prefrontal sólo alcanza el desarrollo pleno en una edad más madura: más o menos entre los 30 años y, posiblemente, cerca de los 50.
“Existe un desfase entre emociones e impulsos [...] y es preciso esperar hasta que el individuo alcance por lo menos 25 años para que el córtex frontal esté en plena forma para derrotar los deseos más instintivos”.
Estudios realizados por el psicólogo Walter Mischel para evaluar en qué medida un niño en edad preescolar es capaz de aplazar con éxito el deseo de gratificación (debe escoger entre comer un dulce ahora o dos más tarde) pronosticaron una serie de resultados que se hicieron realidad más tarde en su vida: desde cosas como la puntuación obtenida en pruebas decisivas para su carrera estudiantil hasta la probabilidad de divorcio y uso de cocaína, observó Duckworth. “Creo que descubrimientos de ese tipo, que creían casi inimaginables, son, en realidad, bastante creíbles, ya que Walter Mischel fue capaz de destilar en una simple prueba el dilema humano clásico al que todos nos enfrentamos diariamente: ¿más después o un poquito ahora?”
Ésos y otros estudios sobre la satisfacción aplazada mostraron que la autodisciplina es un factor de enorme importancia en el pronóstico de éxito futuro, más que otros factores como el coeficiente intelectual, dijo Duckworth. Una mejor comprensión de la psicología del autocontrol podría ayudar en la creación “de políticas gubernamentales que, aparentemente, serían capaces de acomodar las realidades de la naturaleza humana”.
Una cuestión de confianza
“¿Qué sucede cuando la burbuja estalla, ya que el desenlace no puede ser otro?”, se preguntó Herring. El péndulo vuelve al otro extremo. “Las personas descubren fácilmente que al mercado le pueden suceder cosas malas y se retiran. Ellas tienden a exagerar en la dosis, se vuelven extremadamente aversas al riesgo durante mucho tiempo hasta que se convencen finalmente de que los activos inmobiliarios merecen su confianza otra vez”.
De acuerdo con David M. Sachs, analista del Centro Psicoanalítico de Filadelfia, la crisis actual no es de confianza, sino de responsabilidad. “Prácticas financieras abusivas han prosperado libremente sin que las amarras del control moral personal impidieran el comportamiento criminal individual, como en el caso de Bernard Madoff, así como manipulaciones financieras complejas, como en el caso de AIG”. El público, que esperaba ser protegido de tales abusos, fue víctima de un trauma que le infligió un sentimiento de abandono semejante al que siguió al 11 de septiembre. “Las expectativas normales de lo que se considera seguro y confiable fueron abruptamente sacudidas”, observó Sachs. “Como suele suceder en situaciones post-traumáticas, planear el futuro no es algo que se pueda hacer en base a presuposiciones antiguas sobre lo que se considera seguro y lo que se considera peligroso. Hubo una inversión radical de cómo debe ocurrir la gratificación”.
Hoy en día, las personas se sienten mejor ahorrando que gastando, dijo Sachs. Ellas tienen dificultad en confiar en las promesas del Gobierno porque se sienten abandonadas por él.
Ese argumento nació de una paciente ficticia llamada Betty Q. Public, una bibliotecaria con dos hijos adolescentes casada con John, que fue despedido recientemente de su empleo. “Ella se sentía traicionada porque había invertido, junto con su marido, de manera conservadora, pero fueron engañados por hombres de negocios deshonestos y ambiciosos. Ahora, ella ya no confía en el Gobierno, porque no la protegió de la deshonestidad de las empresas. Y no sólo eso: ella tampoco cree que las cosas puedan cambiar de rumbo rápidamente, de tal modo que ella y su marido puedan alcanzar las metas que habían establecido anteriormente.
“Incluso sin ser experta en economía, ella sabía que [...] algunas personas se habían enriquecido enormemente haciendo mal uso del dinero ajeno, inclusive el de ella”, dijo Sachs. “En suma, John y Betty hicieron todo de forma correcta y estaban siendo castigados, mientras otros, que actuaron de mala fe, seguían sin castigo alguno”.
Ayudar a alguien a recuperarse de una experiencia traumática es una analogía muy buena, porque permite entender lo que se debe hacer para ayudar a la economía a recuperarse de su experiencia traumática, resaltó Sachs. El público debe “llamar a la responsabilidad a los autores del desastre económico y tomar las medidas necesarias para que no se perjudique a la economía de nuevo”. Además de eso, es preciso que el público tenga pruebas de que los líderes del Gobierno y de las empresas han cambiado de comportamiento para que puedan confiar en ellos nuevamente, dijo.
“Una vez traumatizada la persona, toda promesa [...] le parece peligrosa —indigna de confianza— porque para creer es preciso confiar”, dijo Sachs. “Es la víctima la que tiene que decidir en qué momento podrá confiar de nuevo. Eso lleva tiempo”.

http://www.wharton.universia.net/index.cfm?fa=viewArticle&id=1694&language=spanish